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Aún era de mañana cuando Javier Mateo-Vega llegó a la junta comunal de Ipetí, Panamá, en febrero pasado. Pero el aire ya estaba caliente y pesado, y el humor en el lugar era tenso.

Los indígenas de la comunidad Emberá aprovechaban la llegada tardía de Mateo-Vega para expresar sus opiniones. En la parte de atrás, un hombre se quejaba de las nuevas viviendas que el gobierno estaba construyendo: estériles edificaciones de concreto con techos de zinc que rápidamente estaban desplazando a las tradicionales casas de madera con techos de palma. Otros se quejaban de los colonos, agricultores y ganaderos provenientes de otras partes de Panamá y que estaban invadiendo las tierras comunales. El jefe del pueblo luchaba para mantener el orden de la reunión.

Mateo-Vega, ecologista del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, frunció el ceño, preocupado. Los conflictos eran ahora peores de lo que él había visto aquí. Mientras se incorporaba a la reunión, algunos hombres parecían incómodos con su presencia y esquivaban su mirada, algo inusual en una comunidad en la que él había trabajado por casi una década, y en la que él estaba acostumbrado a recibir cálidas bienvenidas. “Estás observando el decaimiento de una comunidad”, me dijo.

La gente de Ipetí estaba en una encrucijada. Desde tiempos inmemoriales, los Emberá han habitado los bosques del este de Panamá. Ellos conocen estos bosques de arriba abajo: caminan, cazan y pescan en ellos. Cosechan frutas y nueces en ellos. Cortan maderas para usarlas como leña y materiales de construcción. Pero desde que un grupo de Emberás migró al oeste y fundó Ipetí hace algunas décadas, han luchado contra las amenazas externas que ponen en riesgo su modo de vida, basado en los bosques.

Y ahora se enfrentan a una pregunta existencial: ¿se aferrarán a sus tradiciones, o se adentrarán a toda velocidad en el mundo moderno?

Mateo-Vega esperaba poder ayudar a la comunidad a mejorar la situación. Él había manejado por tres horas hacia el este desde Ciudad de Panamá—la capital del país—para liderar un taller sobre planificación del uso de la tierra en esta comunidad de 700 personas. Él sabía que el taller no resolvería todos los problemas de la comunidad, pero creía que podía ayudarlos de un modo concreto: les ofrecería datos que ellos necesitan para tomar decisiones estratégicas que protegieran sus bosques en las décadas venideras.

En papel, el trabajo pretendía conservar los bosques tropicales, bastiones cada vez más vulnerables pero cruciales en la lucha contra el cambio climático global. Pero Mateo-Vega y sus colegas también esperaban que el taller pudiera hacer otra cosa igual de importante: empoderar a las comunidades indígenas para que se hicieran cargo de su futuro ambiental, y que incluso pudieran recuperar su identidad como gentes del bosque.

“Imaginen que es el año 2055, y que están en un avión, sobrevolando sus territorios”, dijo al tomar la palabra frente a un grupo de aproximadamente 50 miembros de la comunidad. Las mujeres, vestidas con sus faldas tradicionales de colores brillantes estaban sentadas en sillas plegables a un lado del salón; los hombres, en desgastados jeans, camisetas y gorras de béisbol, se sentaban o estaban de pie en el otro extremo. “¿Qué ven?”, retomó Mateo-Vega.

No hubo respuesta, pero no era algo inesperado: la gente del pueblo había estado discutiendo durante dos horas, y hacía calor. Además, con problemas más urgentes, hablar del año 2055 parecía abstracto y lejano.

Detrás de Mateo-Vega, los líderes comunitarios sostenían dos grandes mapas que él trajo consigo, y que se basaban en los datos que los miembros de la comunidad le habían proveído durante un taller dictado el verano anterior. Uno de los mapas describía un futuro distópico en el que los bosques de Ipetí habían sido casi por completo reemplazados por tierras de cultivo. El otro mapa ofrecía una mirada más optimista, en el que la comunidad había podido recuperar los bosques.

“Este es el sueño de ustedes”, dijo él, apuntando hacia el segundo mapa.

Aún ninguna reacción. Mateo-Vega caminaba de un lado a otro sobre el suelo de concreto en sus sandalias deportivas, pantalones de kaki, camisa polo morada y su carné del Instituto Smithsonian. Todavía después de haber trabajado aquí por años, era obvio que era un forastero: un costarricense de tez clara, alto y musculoso, con pelo corto y peinado hacia atrás.

Intentó otra táctica: “¿Qué es el pueblo Emberá sin sus bosques?”.

Por algunos segundos, la multitud se mantuvo en un silencio incómodo. Luego un hombre joven gritó: “¡Nada! ¡Sin nuestros bosques no somos Emberá!”.

El rostro de Mateo-Vega se relajó. Ahora, la discusión progresaba.

En Ipeti, Panamá, Sara Omi (izquierda), Cándido Mezúa (centro) y Mateo-Vega exploran futuros potenciales para los bosques del Emberá. (Gabriel Popkin)

Decir que la historia de científicos que trabajan en territorios indígenas es tensa, sería una sutileza. Solo hace falta revisar la literatura para encontrar historias de científicos imponiendo sus propias agendas, recolectando y publicando datos sin consentimiento, y fracasando en reconocer a los miembros de las comunidades como colaboradores o coautores en los estudios.

“La narrativa dominante es que los pueblos indígenas no son co-pensadores”, dice Kim TallBear, antropóloga de la Universidad de Alberta en Canadá y quien ha estudiado las relaciones entre científicos e indígenas.

En el contexto de este historial problemático, el trabajo de Mateo-Vega podría representar una alternativa a esa narrativa. En 2008 comenzó a trabajar en Ipetí como el director de un proyecto para fortalecer la capacidad de las comunidades para restaurar el bosque. En 2012, Mateo-Vega se unió al grupo de investigación de Catherine Potvin, ecologista del Instituto Smithsonian y la Universidad McGill en Montreal, Canadá quien pavimentó el camino hacia investigaciones más colaborativas con los Emberá.

Mateo-Vega dice que, a través de los años, él y la gente de Ipetí han llegado a considerarse casi familia. Al caminar por la calle principal del pueblo, los lugareños lo abrazan y le estrechan la mano, y le muestran animales de madera y cestas tejidas a mano. Le preguntan por su esposa y por su hijo de 12 años. “Vendría aquí aún si no hiciera investigación”, dice Mateo-Vega.

Estas relaciones han sido la base para una colaboración con el pueblo Emberá que va más allá de casi cualquier otra asociación científico-indígena en otros lugares. A cambio, Mateo-Vega ha obtenido un acceso sin precedentes a bosques casi no estudiados y, quizás más importante, a los mismos Emberá. Ellos le han abierto sus hogares, mediado con ancianos de la comunidad y ayudado a diseñar y llevar a cabo complejos proyectos de investigación.

 

“Tienes que compartir con ellos, caminar por sus bosques con ellos, quedarse en sus casas, jugar con sus hijos e ir a sus funerales”, dice él. “Si no quieres hacer estas cosas, no te irá bien aquí”.

 

Mateo-Vega quiere cambiar la manera de hacer ciencia, pero también espera poder hacer más. Su objetivo es ayudar a que las comunidades indígenas participen en una conversación sobre el cambio climático, una discusión que han visto, en su mayoría, desde la tangente. A medida que los gobiernos del mundo, las organizaciones conservacionistas y comunidades indígenas luchan por proteger los bosques y luchar contra el cambio climático, Mateo-Vega espera construir un modelo poderoso que otros puedan usar como referencia.

Las mujeres Embrerá
Las mujeres Embrerá en una reunión de planificación del uso de la tierra dirigida por Mateo-Vega en febrero. (Gabriel Popkin)

La historia comienza a mediados de la década de 1990, cuando Potvin, asesora de Mateo-Vega, se aventuró por primera vez al Darién panameño. Ella había escuchado que la remota región de Darién, en el extremo oriental de Panamá, territorio habitado por los Emberá, y donde aún viven la mayoría de los 30.000 miembros del grupo, mantenía un bosque biológicamente espectacular, y quería verlo por sí misma. Llegar allí requería tomar un vuelo desde Ciudad de Panamá, y un posterior viaje de 14 horas en canoa. “Estás muy cansado al final. Quedas realmente adolorido”, dice ella.

 

Finalmente, llegó a un pequeño pueblo de chozas de techos de paja. Los aldeanos todavía hablaban el idioma Emberá y mantenían las prácticas tradicionales, incluyendo adornarse de pies a cabeza con tinta hecha a partir de una fruta autóctona llamada jagua. Potvin supo de inmediato que quería trabajar allí. Pero en lugar de establecer su propia agenda de investigación, decidió preguntarles a los líderes comunitarios sobre qué proyectos de investigación les servirían de ayuda.

 

“Estas personas son inmensamente inteligentes”, dice Potvin, una mujer en cuyo inglés se nota un fuerte acento francés canadiense. “Ellos no necesitan que yo les diga qué hacer”.

 

Potvin aprendió que la comunidad dependía de la chunga, una palma espinosa cuyas hojas son usadas por los aldeanos en el tejido de cestas. A medida que las cestas se hicieron más y más populares con los turistas, la cosecha en demasía de la planta comenzó a agotar las reservas de chunga en el bosque. Para que las comunidades aprendieran a cultivar las plantas por sí mismos, Potvin trajo a un estudiante de posgrado llamado Rogelio Cansarí, un Emberá de Darién que se había graduado de antropólogo en la Universidad de Texas A&M.

 

Entre los dos, recolectaron semillas de las pocas plantas de chunga que pudieron encontrar, las sembraron en terrenos experimentales y determinaron en qué condiciones crecían mejor. Luego, trabajaron con los miembros de la comunidad para establecer plantaciones que pudieran surtir de materia prima su creciente negocio de cestas tejidas.

 

Un paso crucial fue la inclusión de los líderes indígenas como coautores de los estudios científicos. “Catherine vino con la muy novedosa idea de darle la oportunidad a los pueblos indígenas de ser parte del conocimiento científico”, dice Cansarí, quien ahora está haciendo un doctorado en antropología en la Universidad de Copenhague. “Eso ha sido muy útil para mi gente”. Los investigadores tradujeron sus trabajos al castellano y los presentaron en reuniones comunitarias, para que los campesinos tuvieran acceso a los datos y aprendieran lo que se estaba publicando sobre ellos en la literatura científica.

Aunque no está específicamente familiarizada con el trabajo de Potvin, TallBear dice que el enfoque de la ecologista va más allá de lo que incluso la mayoría de los científicos con mentalidad de colaboración están dispuestos a hacer. “No es algo fácil de lograr. Se necesita tiempo y con este tipo de colaboración se ralentiza el tiempo de publicación”, dice. “La mayoría de las personas que se consideran a sí mismos como promotores de la investigación colaborativa, no van tan lejos como Potvin”.

Chozas tradicionales
Chozas tradicionales y ropa de secado en una comunidad Embrerá en el Darién. (Cortesía de Javier Mateo-Vega)

Mientras estaba en Darién, Potvin se enteró de que algunos Emberá habían emigrado de la región y se habían instalado en Ipetí. Intrigada, visitó el pueblo en 1996. Encontró una comunidad que llevaba a cabo algunas tradiciones, como vivir en casas con techo de paja, pero que también se estaba asimilando a la sociedad panameña moderna. La pintura corporal y la música tradicional casi habían desaparecido, y el español estaba reemplazando a la lengua Emberá.

No ocurría todos los días que un científico de una prestigiosa universidad visitaba Ipetí, un poblado que en ese momento estaba a siete horas en auto desde la Ciudad de Panamá, por un camino que, en su mayoría, estaba sin pavimentar. Cuando Bonarge Pacheco—un Emberá y el jefe de Ipetí en ese momento—se enteró de que Potvin estaba en la ciudad, se puso sus mejores ropas y se reunió con ella para cenar.

A pesar de haber tenido experiencias previas con científicos que habían recolectado datos en Ipetí pero que nunca regresaron con resultados, Bonarge dice que fue conquistado por Potvin. “Percibí que ella era una persona sincera, y yo ya había oído hablar de su trabajo en otro lugar”, dice. Hablaron hasta la medianoche y ya al día siguiente tenían listo un plan para colaborar.

Muchos de los bosques que rodeaban Ipetí habían sido talados tanto por aldeanos como por colonos invasores, y estaban en mal estado. Los aldeanos tenían problemas para encontrar, no sólo chunga, sino también varios tipos de palmas necesarias para continuar construyendo sus casas tradicionales: estructuras abiertas con suelos permeables al aire y techos de paja que se mantienen frescas incluso en el calor del mediodía de Panamá. Como resultado, los miembros de la comunidad estaban comenzando a construir nuevas casas con materiales no tradicionales, tales como tablones de madera y láminas metálicas.

Potvin trabajó en conjunto con la comunidad para estudiar y cultivar cuatro especies de palma: chunga, wagara, giwa y sabal. El trabajo rindió frutos: con las palmas creciendo y suministrando materiales, Ipetí fue capaz de continuar con la construcción de sus casas tradicionales. El estudio también tuvo efectos de mayor alcance. Los aldeanos volvieron a tocar la música Emberá —que depende en gran medida de flautas fabricadas con un bambú que Potvin también les ayudó a cultivar— y revivieron su importante tradición cultural de colorear sus cuerpos con tintes vegetales.

Incluso Potvin se pintó. Dice que, a través de sus años de colaboración con los Emberá, se ha ganado ese honor. “Sé que hay muchas discusiones ahora mismo sobre la reapropiación de estas expresiones, y que es muy controversial”, dice. “Pero yo sólo lo encuentro hermoso”.

Catherine Potvin
Catherine Potvin, a la derecha, muestra un mapa de carbono a Evelio Jiménez y a los miembros de la comunidad de la Guna Comarca de Madungandi, en el este de Panamá en 2013.

Fue durante este tiempo que políticos de alto nivel y ambientalistas comenzaron a fijarse en los bosques tropicales como el Darién, como parte de los esfuerzos globales para combatir el cambio climático. En la conferencia climática de la ONU de 2005, que se llevó a cabo en Montreal, Canadá, nació un programa para reducir las emisiones de carbono causadas por la quema o tala de los bosques vivos. Estas acciones predatorias representan entre 10 y 15 por ciento de todas las emisiones de gases de efecto invernadero. El programa fue bautizado con el acrónimo REDD, que significa Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación de bosques.

La idea principal es simple: Aproximadamente, la mitad de la masa de los árboles es carbono, y los árboles en crecimiento devoran y almacenan dióxido de carbono, el gas responsable de la mayor parte del cambio climático causado por el hombre. Para proporcionar un incentivo para mantener los bosques, los negociadores de temas de cambio climático diseñaron una especie de mercado de carbono, a través del cual los países ricos responsables de la mayoría de las emisiones de carbono podrían pagar a los países más pobres para proteger sus bosques. Nadie pensó que este esquema pudiera prevenir el cambio climático, pero al menos parecía una buena estrategia para desacelerarlo.

No ha sido sencillo, sin embargo, hacer que el programa REDD+ (el signo + se añadió en 2007 para incluir el manejo forestal mejorado) funcione en la práctica. Los bosques tropicales crecen en docenas de países, en su mayoría pobres, cuyos gobiernos a menudo carecen de la voluntad o la capacidad para protegerlos de la multitud de amenazas que enfrentan: tala ilegal, minería, ganadería, agricultura y muchos otros factores. Un ampliamente citado análisis de 2013, que revisó datos satelitales recolectados entre 2000 y 2012, encontró que las áreas boscosas se contraían en casi todos los países tropicales, con la excepción de Brasil, a menudo en extensiones asombrosamente grandes.

Además, pocos gobiernos en países en vía de desarrollo están preparados para realizar mediciones sistemáticas necesarias que les permitan verificar que carbono adicional está realmente siendo secuestrado. “REDD+ se presenta con frecuencia como una historia de éxito climático, en parte porque la idea pareciera ser muy simple y atractiva”, señalaron en 2015 el economista Arild Angelsen y el biólogo Louis Verchot, ambos del Centro para la Investigación Forestal Internacional, en Indonesia. Pero aparte de Brasil, “hay pocas historias de temprano progreso sustancial”, escribieron los autores.

También está el hecho de que las comunidades indígenas a menudo tienen relaciones incómodas con sus gobiernos nacionales, y rara vez han sido incluidas en las discusiones donde se desarrolla el mecanismo REDD+. Como resultado, estas comunidades desconfían de los esquemas centrados en el carbono, que podrían restringir lo que ellos pueden hacer con sus bosques.

Esto podría estar comenzando a cambiar. En la conferencia climática de la ONU de París, en 2015, una coalición de grupos indígenas y científicos publicó un informe señalando que más de una quinta parte del carbono almacenado en bosques tropicales está ubicado en territorios indígenas, y exigieron derechos más fuertes a la tenencia de la tierra y la inclusión de los indígenas en las negociaciones climáticas. La evidencia científica apoya este argumento: un estudio reciente publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, el órgano divulgativo de la Academia de Ciencias de Estados Unidos, mostró que reconocer los derechos de los pueblos indígenas en la Amazonía peruana ha ayudado a proteger los bosques de esa región.

Pero rara vez los grupos indígenas han sido reconocidos o compensados por proteger sus bosques. El Acuerdo de París de 2015 menciona a pueblos indígenas en varios lugares, pero no les garantiza un rol en los planes de acción climática de los países.

“Los gobiernos son como los cajeros automáticos: ven este fondo ecológico como una gran fuente de nuevos ingresos”, dijo Cándido Mezúa, un líder Emberá del Darién y coautor del informe de 2015. “La única manera de realmente lograr la protección de los bosques, es reconocer los derechos de las personas que vivimos en ellos y otorgarnos los títulos de nuestras tierras”.

Bosques de Ipeti
Bosques de Ipeti (Gabriel Popkin)

Hoy, Potvin y Mateo-Vega ven su trabajo como un caso de estudio sobre cómo la ciencia podría apoyar el tipo de protección que desea Mezúa. Más de la mitad de los bosques primarios del país están en territorios indígenas, según un análisis del equipo de Potvin. Pero antes de las conversaciones de la ONU, nunca se habían puesto a pensar en cuánto carbono almacenan sus bosques. Cansarí lo explica: “El carbono no es algo que los indígenas puedan tocar”.

Potvin, quien asistió a las conferencias sobre cambio climático como negociadora para Panamá, le contó a sus contactos Emberá sobre las discusiones del mercado de carbono. Temiendo ser dejados a un lado, los líderes comunitarios le pidieron que les ayudaran a medir cuánto carbono almacenaban sus bosques. Ella aceptó. Comenzando en Ipetí, Potvin capacitó a los miembros de la comunidad para registrar el diámetro de los árboles en bosques manejados por la comunidad, parcelas agroforestales (plantaciones de árboles frutales y de materiales) y pastizales para vacas. Después, utilizaron ecuaciones estandarizadas y métodos estadísticos para convertir datos de árboles individuales en estimaciones del carbono almacenado en un área determinada.

Lo que encontraron fue que los bosques de Ipetí almacenaban cerca del doble de carbono por área que las parcelas agroforestales, mientras que los pastizales ganaderos, como se esperaba, contenían poco carbono. Dado que el estudio fue el primero en cuantificar el carbono almacenado en el bosque de Ipetí, proporcionó una base crucial para que la comunidad pudiera explorar la posibilidad de involucrarse en el emergente mercado de carbono.

Igualmente importante fue la atención que atrajo el estudio a los demás bosques de Ipetí, dice Pacheco. De acuerdo con los investigadores, a la tasa a la que los residentes de Ipetí y los colonos estaban talando árboles, la mitad del bosque que quedaba habría desaparecido en una década. Miembros de la comunidad tomaron nota de esto, y disminuyeron dramáticamente la velocidad con la que talaban los bosques para la agricultura. Como resultado, alrededor de la mitad de su territorio permanece boscoso hoy en día, a diferencia de Piriati, una comunidad Emberá vecina en la que Potvin no trabajó y que finalmente perdió todo su bosque.

“Lo llamamos el efecto Potvin”, dice Pacheco.

Mateo-Vega
Mateo-Vega se encuentra en la base de un árbol cuipo en el bosque de Ipeti. (Gabriel Popkin)

Unos años más tarde, Potvin, Mateo-Vega y los líderes Emberá comenzaron a planificar una campaña de medición del carbono forestal en el Darién con el apoyo del Fondo Cooperativo para el Carbono de los Bosques del Banco Mundial. Los retos serían mucho mayores que los enfrentados en Ipetí: equipos de técnicos necesitarían llevar su equipamiento a pie o en canoa y quedarse allí por semanas, y necesitarían protección de las guerrillas de la vecina Colombia, conflictos que amenazaban con traspasar la frontera. La confianza mutua que Potvin y Mateo-Vega habían pasado años construyendo sería esencial.

Mateo-Vega contrató a una asistente Emberá, Lupita Omi, a quien conocía de su trabajo en Ipetí, para concertar reuniones con los jefes de las comunidades. Los dos se han vuelto tan cercanos que ahora se llaman ‘hermanito’ y ‘hermanita’. En 38 reuniones distintas, el par explicó las metas del proyecto y cómo los datos recolectados beneficiarían a las comunidades. Las deliberaciones duraban hasta cinco horas, porque los miembros de la comunidad se mostraban cautelosos ante cualquier iniciativa que tuviera siquiera un aroma a REDD+.

“Las comunidades de verdad escuchaban cuidadosamente cada palabra”, dice Omi. “Se dieron cuenta de que esto podría afectar sus medios de subsistencia y sus territorios”. Al final, todas las comunidades aceptaron ser parte del proyecto.

Mateo-Vega contrató y entrenó entonces a un equipo de técnicos forestales de Darién e Ipetí, y se internó en el bosque. Instalaron campamentos, enviaban a los cazadores a buscar monos o iguanas para la cena, y se pusieron a trabajar delimitando parcelas cuadradas de 100 metros por lado (un poco más largas que un campo de fútbol americano), y midieron la altura y la circunferencia de cada árbol mayor de 50 centímetros de diámetro.

El trabajo era arduo. El calor podía ser brutal, y los aguaceros de la estación lluviosa convirtieron el suelo del bosque en barro. Los senderos tenían que ser cortados con machetes, culebras venenosas acechaban por todas partes, y las desagradables espinas que crecen en muchas plantas perforaban fácilmente botas y piel. El riesgo de encontrarse con conflictos violentos siempre estuvo presente en los pensamientos del equipo, aunque nunca fueron atacados. Durante una excursión, una canoa que transportaba a miembros del equipo de seguridad y sus municiones se volcó en un rápido. Esto hizo que tuvieran que abandonar el viaje, lo que significó dejar dos tipos de bosque remoto sin medir.

Pero a cambio de sus esfuerzos, Mateo-Vega y su equipo tuvieron acceso a bosques que prácticamente ningún científico había estudiado. Descubrieron un árbol que rompió el récord del más grande de Panamá. Las mediciones revelaron que algunos de los bosques eran mucho más ricos en carbono y repletos de diversidad biológica de lo que nadie había documentado.

Mateo-Vega ha llegado a creer que el poco apreciado Darién—al que un explorador del siglo XIX lo describió como un “infierno verde”—merece ser clasificado como una de las grandes regiones forestales del mundo. “En nuestra opinión, es la Amazonía de Centroamérica”, dice. En el último día de su último viaje de campo, vio a un jaguar nadando a través de un río, la primera vez que vio algo así en sus 35 años de trabajo en la selva. Todavía sueña con volver.

Además de recolectar datos valiosos, el equipo de Mateo-Vega logró demostrar un punto todavía más relevante: con una formación adecuada, y aún sin tener conocimiento científico previo, los miembros de la comunidad pueden realizar mediciones forestales tan bien como los científicos. Y podrían hacerlo a una fracción del costo. Similares historias exitosas de colaboraciones en otros lugares sugieren que REDD+ podría ser ampliamente implementado y monitoreado directamente por las comunidades que están a cargo de gran parte de los bosques del mundo.

“Cuando se les entrena y se les motiva… pueden recopilar datos de alta calidad como cualquier otra persona”, dice Wayne Walker, ecologista del Centro de Investigación Woods Hole, quien dirigió un proyecto comunitario de medición de carbono en la Amazonía.

Potvin ha publicado los lineamientos para este tipo de investigación colaborativa en la página web de la Universidad de McGill. Y también hay otros indicios de que la ciencia podría estar desechando su herencia colonial. En marzo, el pueblo San de Sudáfrica publicó lo que se considera como el primer código de ética de investigación elaborado por comunidades indígenas de África. Las Naciones Originarias de Canadá y los aborigenes de Australia han desarrollado códigos similares.

Mateo-Vega y sus colaboradores han añadido recientemente su propia contribución a esta creciente literatura, publicando sus métodos y resultados en la revista Ecosphere. Las comunidades Emberá están ahora preparadas para recolectar datos que apoyen a REDD+ o cualquier otro esquema futuro de compensación de carbono, escribieron.

“Trabajamos de manera de quedarnos sin trabajo, y ese era el plan”, dice Mateo-Vega

***

Armados con datos, las comunidades Emberá están trabajando en su próximo paso: cómo usar esa información. En Ipetí y Piriati, comunidades que apenas recibieron los títulos formales de sus tierras en 2015, el consenso era realizar una serie de talleres para planificar el uso de la tierra para entender cómo las decisiones sobre el uso de la tierra afectan sus bosques.

Los talleres han sido “un despertar” para las comunidades, dice Mateo-Vega. Cuenta que un anciano de Piriati se sentó a llorar cuando se dio cuenta de que sus hijas nunca habían visto el bosque o comido carnes de animales nativos que los Emberá han cazado tradicionalmente. “Se dieron cuenta de que no van por buen camino”, dice.

De regreso en la reunión sobre uso de las tierras en Ipetí, la audiencia se ha comenzado a abrir más, a medida que Mateo-Vega explica los datos que se ven en los mapas. Los miembros de la comunidad reflexionan en lo que han perdido con la desaparición del bosque. “Antes, comíamos venado y pecarí”, dijo un hombre. “Ahora necesitamos guardabosques”.

Otro asistente se lamentaba de que estaban comiendo tilapia, que no es originario de allí, en lugar de comer el nativo wacuco, un especie de pez que solía prosperar en las corrientes de ríos protegidos por bosques. “Soy Emberá: quiero vivir como un Emberá”, dijo el hombre.

Para el final de la reunión, los miembros de la comunidad estaban de acuerdo: necesitaban recuperar el bosque. Pero debido a que a menudo la agricultura ofrece ganancias más rápidamente, definir cómo exactamente van a recuperar el bosque quedó como una tarea pendiente.

Después de que se dispersara la multitud, Mateo-Vega se reunió con los líderes comunitarios. Reflexionaron sobre un concepto que llamaron REDD+-Emberá. Considerarían participar en el programa de la ONU, pero bajo sus propios términos, y no bajo las condiciones decididas en Ciudad de Panamá o Washington, D.C.

Los jóvenes podrían trabajar midiendo el carbono y patrullando el territorio para asegurar que no se destruyeran sus bosques, sugirió un líder. Por lo tanto, REDD+ no se refería sólo a los árboles y al carbono, sino también a los empleos y la educación, la seguridad alimentaria y la preservación cultural.

“Necesitamos proteger los bosques por nuestras propias razones”, dijo Mezúa.

El bosque volvería. Las comunidades volverían a comer carnes silvestres y a recoger plantas medicinales. Construirían sus casas tradicionales de nuevo.

“¿Qué pasaría con las casas construidas por el gobierno?”, preguntó Mateo-Vega.

“Tal vez podrían usarse para almacenar cosas”, dijo Sara Omi, hermana de Lupita y Presidenta del congreso regional Emberá.

A Mateo-Vega le gusta lo que escucha. Pero él y Potvin se apresuran a enfatizar que su trabajo no es decidir si las comunidades finalmente aceptan o no participar de REDD+, ni tampoco tomar otras decisiones por ellos. Al contrario: su trabajo es capacitar a las comunidades para que tomen sus propias decisiones de manera informada.

Ambos investigadores reconocen que la suya no es siempre la manera más fácil, rápida o glamorosa de hacer ciencia. Pero es la manera correcta. “Es una asociación y una relación de igualdad”, dice Potvin. “Y pienso en ello como una forma de descolonización”.